Elogio al error
Julio Villanueva Chang escribe paja. Otros suelen precisar la escala con la etiqueta de literatura. Incluso un afiebrado blogger no dudaría en afirmar que Elogios Criminales intenta dotar al periodismo, siempre tan temporal, de una inmortalidad novelesca. Es más, hasta podría decir que sus textos son una cápsula espacio temporal cuyos protagonistas -un grupo de no celebridades conocidos mundialmente- portarán un pedazo reconocible de presente para los lectores del futuro. Nuestro hipotético blogger, estudiante de comunicación con una novela como almohada, sueña con ser un recontra nuevo cronista de las Indias. Pertenece a un movimiento que a falta de otro nombre denominaremos villanuevachangsismo. Donde una noticia puede ser una gran historia. La re escritura reemplaza al fulbito como deporte del periodismo. Y el dato se transforma en conocimiento, por un acto de magia lingüística. En otras palabras Julio Villanueva Chang es el César Hildebrandt de los aspirantes a cronistas. Un prestigio obtenido en la calle y no por la televisiva renuncia. Uno de esos extraños tipos que salen de San Marcos como profesor y que renovó el espíritu del periodista al dejar de ser un simple reproductor de hechos y ponerse el siempre incómodo traje de cronista. Un oficio tan seductor como mal pagado. Inesperadamente, durante una relectura, nuestro blogger se topa con algo que no debería estar. No. En éste libro, no. Jamás.
****
En la contra del libro se lee: “Villanueva Chang viene a ser para esta generación de cronistas de América Latina, algo así como el gurú editor”. Por ejemplo Marco Avilés, actual editor de la revista creada por Villanueva Chang, Etiqueta Negra, en su libro sobre la reclusas de Santa Mónica “Día de Visita” lo gradúa de sensei en sus agradecimientos. En cierta forma Elogios Criminales busca alejarse de lo obvio. Este libro no quiere ser un libro de texto para periodistas. Pero uno no deja de preguntarse ¿Qué pasa cuando el maestro decide probarles a los discípulos, que él todavía lo tiene? ¿Qué pasaría si el señor Miyagi sale a la pelea?
Publicado en España y en México, Elogios puede ser el libro que uno le regala al padre de la enamorada, y demostrar que a pesar de lo que le hacemos a su hija, somos gente culta. El que sacas a pasear a Starbucks para que te alucinen inteligente. Uno que entrará sí o sí en los textos de cualquier facultad de comunicación (por lo que si lo compras con el aguinaldo de papá, es más que nada una inversión). Tiene las recomendaciones que todos los escritores quisieran tener. Pero acercar la no ficción al lector de supermercado requiere de una estrategia menos intelectual. Se esperaba más del maestro de los nuevos cronistas. Uno ve su libro postrado en los anaqueles de los supermercados, todo oscuro y sin fotos. Como si quisiera pasar de incógnito. En dónde quedó la vieja teoría que apostaba por el tigre de bengala en el kiosco de periódicos. Se extraña la ausencia de una bajada que explique al curioso que en este libro no hay crímenes sino preguntas por resolver. Que tampoco es un libro de chismes sino de detalles. Y sí, son elogios criminales pero no hay ningún detective.
****
A Julio Villanueva Chang lo han comparado con el estilo copioso de otro escritor que firma con doble apellido David Foster Wallace. El peruano escribió en su primer libro sobre un suicida viviendo en una nube gris, el otro terminó ahorcándose. El peruano tiene una enfermedad por la descripción precisa, al punto de describir el color de los zapatos del tenor Juan Diego Flores, con un color cognac en vez de un aburrido marrón o café. David Foster Wallace tenía un detallismo enfermizo que lo hacía fijarse hasta en la envoltura transpolímera que parecía papel pero que se rasgaba como plástico fino del Señor Blandito, un chocolate inventado que servía de título para uno de sus cuentos. Ambos fueron profesores en algún momento de sus vidas. Y en sus entrevistas no dejan de tener algo extrañamente simple y genial, como si la originalidad de sus improvisadas respuestas tuvieran la profundidad de un aforismo. Pero hay otro paralelo. Cuando Foster Wallace se sacudía de la depresión se disfrazaba de un periodista formidable, que podía convertir al tenista Roger Federer en una pieza de arte cinético. En el lado del peruano convierte la imposibilidad de silbar del tenor más famoso del mundo en una metáfora de lo que se ha convertido su vida. Tener la mirada entrenada para ver más allá de la nota de prensa y del dato. Esperamos que algún día sea Villanueva Chang quién cuelgue el traje de cronista y se siente a escribir una historia, que no podamos dejar de leerla.
****
El blogger estaba leyendo el libro negro del periodismo un domingo por la mañana en su cama. Sus ojos recorren las páginas de la historia de Ferrán Adriá, un extraterrestre en la cocina. Página 146, hacia el final del primer párrafo. En el libro que le gustaría escribir hay un error. “¿No sería espada un guardaespaldas encubierto del chef más inventivo del universo?” Chang se refiere a Arcadi Espada un periodista catalán conocido por sentirse orgulloso de ser del Real Madrid, que líneas antes declara que la comida de Adriá no se caga, sino se transpira. El blogger respira aliviado. Incluso el gúru, el maestro, el guía, el director, ha cometido un error. No se trata de piconería. Es otra forma de esperanza. Escribir paja es la mejor forma de que nadie quiera percatarse de un error.
Ese secreto que tienes conmigo (todos lo sabrán)
Después de dejar cada una de las botellas vacías, caminar por calles más calladas de la ciudad, suspirar al caer sobre mi cama y dormir durante ese momento en qu la madrugada se confunde con el día; suelo despertarme los domingos para leer algunos secretos para mí.
A pesar de que todos tengamos cosas que nos guardamos para nosotros. Es sorprendente que muchos se parezcan. Los secretos suelen igualarnos sin saberlo, mientras más oscuro lo mantengamos su naturaleza se vuelve más simple y se multiplica.
Y no todos los secretos tienen la investidura de un puñal. Algunos secretos son deseos que no hacen daño a nadie. Manifiestan que a pesar de todo, todavía se puede ser feliz, desean el bien.
Piero al 35.7%
1. Esa mañana Khaterine Fullop le sacaba lustre al gigantesco balón de gimnasio. Se tendía encima de ese objeto plástico freudiano. Su respiración era difícil por el esfuerzo que hacían sus bronceados abdominales inferiores. Se siente bien, anunciaba, al final de la tercera repetición de abominables. Luego Khaterine Fullop se ponía de pie para colocar ahora su esculpido abdomen encima de la bola y trabajar, porque ella si trabaja, la parte inferior de la espalda. Después cogería las pesillas y procedería a reclinarse len-ta-men-te. Una y otra, y otra, vez. Hasta que la propaganda nos dejará con ella despidiéndose con chau nos vemos mañana. Y la locución pronunciará inclemente: Khaterine (está) al 100%.
2. Horas después de la Bembos La Mente sonaría el teléfono recordándome que si no iba en estos momentos al gym para renovar mi menbresía perdería todos, absolutamente todos los beneficios provisionados por el gimnasio. Lo único que adelgaza es la billetera. Los mando directito al tacho de la basura mental.
3. El amigo de todos escribe por Messenger que los Yacks están de concierto y que si no tienes nada mejor que hacer (y como nunca si tengo) pues para ir.
4. Me cancelan. Nos encontramos en un grifo, bebemos una chata de Ron mientras caminamos por las calles viendo a los taxis parar y pasar y cruzar y rechillar las avenidas. Entonces decidimos tomar el taxi que nos llevaría al sargento para comprar otra chata y conversar sobre las cosas que podríamos hacer pero que no lo conseguiríamos, por giles. Dejábamos que la vida nos viviera insatisfactoriamente, cuando de repente, escogimos entrar animados por un corto vestido floreado. Ya adentro una bruma de cigarro nos impedía ver a la chica del vestido floreado. Pedimos unas botellas y nos sentamos a hablar de los yacks y del caracter belludo del grupo, y de esa canción himno de la generación yo no hago deporte, me gusta el alcohol. Que de no ser por la base 3 del grupo los hubiera convertido en un no se quién y no se cuántos.
5. Luego el concierto muy bueno, saltarín y juerguero, pero ya pues cuando un cover y otra cosa que no se haya visto. Paja que lo hagan porque les da la gana, pero ya como gusto, estuvo bueno.
6. Ocho chelas después, enterrado en mi cama, saco regla de tres, siendo los factores estómago, cabeza y garganta las variables elegidas cuyo monto se eleva apenas a un 35.22% sin ningún signo de mejora en el horizonte anímico.
La tuya y con roche
1. Cuando vimos a Daniela Sarfaty entrar a un Bowling Miraflores lleno de chibolos emo, y luego con un abrigo largo sentarse en un discreto banquito en la esquina del cuadrilatero que hacía de bar, y poquito después alterar el desorden de su flequillo, la esperanza, se expandió tanto como la nostalgia de verla en ese pantalón azul eléctrico de su tiempo en Torbellino, huracán de pasiones. Los deslenguados Chabelos, vendrían detrás de ella como un pronóstico que mejores tiempos vendrían ese sábado.
2. Un torbellino, pero humano, se formaba al frente de nosotros. El pogo hacía su mejor esfuerzo de parecen desprolijo y violento, pero no les salía. Eran apenas diez escolares repartiendo golpe. A la distancia más que admiración o temor provocaba repartir tacles y cocachos, a dormir carajo.
3. Hace dos horas que el negro pantera y yo estamos esperando que se acabe esta sucesión de banditas punk de cuyos nombres no puedo acordarme. “Si tocan punk, porque no hablan al menos de destruir a palazos a Alan García o por qué no se quejan de que su papas no los dejan salir, algo así, donde está la violencia, la sangre escupida a los fans, dónde” recuerdo que le dije al negro pantera que se mostró de acuerdo, luego le dije “Mira gil, lo que pasa es que estos chibolos emo, han cagado el punk cantando sobre sus parejitas y que se sienten solos. Primero a quién le interesa. Segundo, cuándo hablar de uno mismo se convierte en una buena canción. O sea paja que la inspiración provenga de tí, pero vamos si eres un inepto como estos, ni por más talento que tengas componiendo te va a salir una buena canción”. Dispuse el siguiente argumento al tiempo que el negro pantera pedía la segunda cerveza de la noche. “Esta onda de ser emo es como ser un romántico que lee poesía al oído de la flaca. Ahora esta mierda ha reemplazado a la poesía en popularidad, lo que habla hasta el culo de la poesía actual. Por eso tenemos que soportar la mediocridad de tipos que en su vida han leído a Washington Delgado” le expliqué asadísimo al Negro Pantera quién de inmediato respondió, “Quién chucha es Washington Delgado”.
4. Al parecer hay cuatro formas de poguear. 1) La del gallito ciego, repartir patada y codasos sin importar a quién. 2) El suicida valiente, quién más que golpear va a ser empujado. 3) El payaso que se la quiere llevar fácil, usualmente se queda en la periferia del pogo y empuja sin meterse en el pogo. 4)El loco no me duele nada, quién aunque es tumbado en repetidas ocasiones consigue levantarse con una insípida sonrisa en los labios.
5. “Ya pe ese pogo” Reclama la excelente banda a quién nadie hace caso porque es la telonera de los Chabelos. El vocalista conflictuado con sus demonios internos, se pregunta, que chucha les pasa. El fin pasado tocamos ebrios en Villa María y ahora tocamos sobrios y paja, y no pasa nada. En fin, conchadesumadres. El vocalista, quizás nunca lea esto, pero en serio, no se les escuchaba nada.
6. “Cuando toquen Luisa me meto al pogo” grito el negro pantera, detrás de él un tipo se quita el polo de Bad Religion, las espuelas en la muñeca, y le grita a sus compinches, chicos, ya vengo. ¿Creíste Pantera que te la llevarías fácil?
7. Ibamos a morir.
Una breve verdad de Rubem Fonseca
¿Cuánto tiempo llevas encharcándote de vino?, preguntó Berta entrando en el despacho.
Le expliqué que Churchill tomaba champán al levantarse, fumaba puros y ganaba guerras.
Mandrake, Los mejores cuentos de Rubem Fonseca
20 mil kilómetros de viaje en motocicleta
Después de varias horas de espera bajo el sol, su imagen parece un espejismo. Pero es él. Se acabó la espera. Una motocicleta resplandece entre los carros que claman playa a rugidos de motor para acabar con todo este calor de fin de semana. A pesar de eso, muchos no quieren acelerar cuando están a su costado. Quieren verlo bien antes de proseguir por la panamericana sur. Después contarán que el fin de semana vieron a un loco en una motazo, alucina. El mismo que ahora, poco a poco, se va alejando de la pista e ingresa por la vía que lleva a un inusual grifo cerrado en verano. Ya se distingue su larga barba, entre plateada y negra, y esa manera de pilotear su motocicleta con los puños cerrados hacia delante, de la misma forma en que Superman atravesaría las nubes. Pero algo está mal. Mientras otros están listos para lanzarse al mar, él está cubierto de cuero negro bajo el sol de mediodía. Walter Huamán, dueño de un empresa de ferretería, no le teme al trabajo arduo: ni calor tiene, porque sabe que pilotear su motocicleta de 300 kilos a ochenta kilómetros por hora es un disfrute que refresca. Y el que le diga lo contrario es por que nunca ha realizado un viaje encima de una Harley Davidson como la suya.
–Dos carros se chocaron y no dejaban pasar a nadie– Explica Walter Huamán casi sin voz. No está cansando así habla siempre. Trae una chamarra de cuero negro con parches de Argentina, Estados Unidos, Chile y otros lugares más. Es probable que sea la persona que más atraiga el calor del sol ésta tarde.
Huamán se saca el casco de golpe y sonríe. Deja ver una pañoleta de colores y unos lentes de sol que lo hacen ver más veloz, por el sólo hecho de que ocultan la mirada de un hombre de 62 años, que se niega a colgar el traje de motociclista rebelde a sólo diez años de habérselo probado por primera vez.
–El año pasado he viajado desde Perú a Estados Unidos en está moto –anuncia como quién empieza un discurso– más de veinte mil kilómetros en un mes de viaje. Solo. Sin MP3. Yo y mi compañera, a veces cantando, a veces con miedo, a veces perdido.
Oscar Wilde decía que en todo viaje siempre llevaba su diario para tener algo extraordinario que leer. Walter Huamán cargó su cámara digital para demostrarle a todos lo extraordinario de su viaje. Pero ahora es su turno de ser fotografiado. Un hombre en sus casi cuarenta deja en el auto, a lo que parecen ser su novia y su madre. Viste con un polo crema, bermuda del mismo color y zapatillas rojas. Está extasiado, no para de sonreírle, pensando quizás que Huamán proviene de otro país, cuando en realidad él es ayacuchano. Saca su videograbadora digital y comienza a preguntarle “¿De dónde vienes hermano?” De Perú, contesta, entonces la sorpresa se multiplica y Huamán empieza a contar de a pocos su travesía.
Tres años atrás, en el 2004, un argentino tuvo la culpa de su travesía. En una reunión de fanáticos de Harley Davidson en Mendoza, Argentina, el tipo en cuestión le había propuesto ir, un día de estos, a Estados Unidos en motocicleta. El día de estos llegó en el momento más inesperado. El argentino junto con tres compañeros se aparecieron en su puerta y le dijeron, nos vamos. Y él no tenía ni la visa. Se fueron sin él y quizás por eso la idea siguió rondando en su cabeza. Entonces se lo propuso a sus amigos: los quince aceptaron. Pero como siempre sucede en estos casos el de la idea termino haciendo el viaje solo. Sin embargo, le tendrían que hacer un favor. Walter Huamán partía en la madrugada del 15 de mayo de 2006 sintiéndose pésimo, pero al menos en compañía de tres compañeros. Salía a las cinco de la mañana y de pronto se sentía desorientado, no quiso ni pensar en quedarse. Se cambio apenas y tratando de no hacer ruido salió en moto con sus compañeros. Encima de su Harley la dolencia disminuyó un poco. Pero no podía detenerse, si lo hacía no viajaría nunca más. Su familia no se lo permitiría. A la salida de Lima los tres supuestos compañeros regresaron, sólo habían ayudado a su amigo para engañar a la familia. Entonces empezó su viaje, así nomás. Y que viaje fue: al día siguiente estuvo internado en un hospital de Trujillo, le habían diagnosticado con laberintitis la peor enfermedad del viajero solitario: perdida del equilibrio y desorientación. Ni hablar, que le receten algo y de nuevo sobre el asfalto. Con las pastillas en el bolsillo y con menos equipaje, pues había enviado de regreso su carpa, su bolsa de dormir y provisiones, para viajar más liviano. Además que pasaría si, en el camino o en las aduanas, le robasen. Ni modo viajaría con lo mínimo.
Por el camino, Huamán sabría que el sol abrasador de Centroamérica era lo peor para su atuendo de cuero y que su impredecible lluvia no haría más dañar su motocicleta. Improvisó, como en todo su viaje. Compró un poncho de plástico y unas botas de hule. De nuevo al camino. Acelerando a 120 km por hora en recta o a 80 km en curva llego a Panamá y era hora de dejar Sudamérica para, de acuerdo a sus planes, comenzar el largo camino hacia Estados Unidos. En ese trayecto Huamán siempre recordaría la mirada de los corruptos oficiales fronterizos, que lo retenían a pesar de que el llevara los papeles requeridos, en todas partes siempre querrán ganarse alguito. Entonces llegaba esas pausas imprevistas, la impotencia de la quietud, en donde parecía que solo la suerte le ayudaría a continuar su viaje. En Guatemala, había parado a comer algo ligero. Arrastraba aún los estragos de un caribeño arroz con pollo tan distinto al nuestro. En el lugar muchos lo felicitaron, le levanto el ánimo para continuar, aún cuando otro tipo de viaje sucedía dentro suyo. Pero la depresión no duro mucho a la salida de la ciudad un policía local le regaló su parche oficial. Para todo corredor de Harley los parches en la casaca, son las cicatrices que dejan los viajes. La diferencia entre abandonar y llegar al destino.
Luego de la increíble experiencia de cruzar dos continentes, de atravesar todo el territorio de Chiapas en México, Huamán se vio en una encrucijada. Ir a los Ángeles y comenzar un viaje a través de Estados Unidos hasta Nueva York o ir de frente hacia Nueva York y volver. Se detuvo, no recuerda si lo reflexionó tendido encima de su Harley, pero en algún momento mientras cruzaba la frontera entre México y Estados unidos, pesó más la soledad. Había imaginado que en su viaje se encontraría con otro loco como él, en su Harley en su misma dirección, o en un periplo hasta la patagonia. Nadie. Entonces tomó una decisión y continuó el viaje.
Días más tarde la felicidad nunca le pareció tan fatigante, como cuando al fin llegó a Nueva York y pegó la vuelta, en avión nomás, que cansancio. Con toda la parte superior del cuerpo adolorida, deshaciendo los kilómetros en el aire, tuvo la certeza de que uno viaja, no tanto por el destino final sino por el recorrido. Lo que vivió Walter Huamán, nadie se lo podrá quitar. Pero ya es hora de que se suba a su motocicleta y emprenda el camino de regreso. Y que sienta el acostumbrado temblor del motor y la velocidad del viento tratando de colarse dentro del casco. Siempre en movimiento, como una de esas viejas rocas que se resisten a dejar de rodar.
Instrucciones para comer carne
¿Mataría a La Negra? ¿Convertiría en filetes a su vaca de cuatro años? ¿O se quedaría con ella hasta que la muerte natural los separase? “He comprado una vaca para hacer negocio con ella” sentencia el autor en el inicio del libro La vida de una vaca. La Negra (sí, la de la portada del libro) pende del final de su historia. Le tomó cuatro años a Juan Pablo Meneses, dejar de investigar la historia infinita de la carne y su relación con la Argentina. El libro le estaba comiendo la vida. Alguien tenía que ser sacrificado.
¿Qué tan dificil fue confeccionar este libro tan profuso en historias, crónicas, biografías, datos estadísticos?
Fue bastante complejo, al principio me dije que me tomaría un año, pero lo que pasa es que Argentina la carne es un tema infinito. Un día decía, aquí se acaba. Me iba a la cama, encendía la televisión y había un canal donde pasaban vacas todo el día. Entonces decía, uy, falta el canal de la vaca. Pasaba otro día y empezaba el festival del carnero en un pueblo donde mataban a 50 corderos y se los comían en la plaza. Entonces, uy, también quería estar ahí. Era de nunca acabar, y en realidad el libro pudo haber seguido. Pudo pasar que se publicara y yo siguiera encontrando cosas nuevas. Fue un punto donde me dije, tengo que pararlo si o sí, me he comprado una vaca para comerla, pero ella me está comiendo a mí.
Es un libro episódico pero tampoco hay como ese aspecto formal que suele tener los libros de no ficción
Si la vaca se llamara en vez de La negra, La Blanca, y yo me llamara Juan Pablo Martinez, podría ser una novela. Pero continua siendo una historia, solo que todo fue verdad, incluso lo más verdad. Tengo un archivo grande de cuatro cajas que las tuve al costado del escritorio. Una se llamaba la vaca, otra se llamaba la carne y otra el libro, y así. Hace poco pudo ordenarlas y colocarlas en un almacén en Buenos Aires. Por si acaso. Pero si se escribiera una historia corregida y aumentada tendría que ser otro, porque yo con el tema de la vaca, no. Yo empecé el libro comprándome una vaca para comérmela, esa era la premisa. Pero mientras la gente lea el libro se va a dar cuenta que la idea va cambiando. Hasta llegar un final que es definitivo, que cierra el círculo bastante bien.

¿Qué tanto afectó el feedback del blog del Clarín a tu libro?
Me servió más que nada para reafirmar que iba por buen camino, por ejemplo yo ponía la fotografía de un asado y habían argentinos que me escribían desde el extrajero llorando. Cuando empezaban a verla me decían que desde hace diez años comían carne hervida horrible comparada con asado argentino. Y también habían los vegetarianos que me decían que no iban a quedarse tranquilos hasta verme colgando del frigorífico. Incluso extranjeros que decían que habían carnes muchísimo mejor. Entonces me confirmo de que se trataba de un tema polémico. Además los usuarios consiguen participar del proceso del libro, porque te piden que los termines de una forma o de otra, la historia se hace más comunal. Hay algunos autores más viejos que se sienten los grandes escritores a los que nadie les puede sugerir nada, para mi un autor debe interpretar lo que le gente les dice o piensa.
Las personas se enojaban en los foros de tu blog, porque matarías, digamos, a la mascota de todo ese grupo que te seguía
La vaca no era mi mascota. La compre para hacer un negocio con ella. Le puse un nombre, La negra, como otras personas le ponen un número. Se enojaban, en realidad, porque todos queríamos seguir comiendo carne pero a nadie le gusta matar animales. No era lo mismo escribir de La negra que escribir sobre todas las vacas en general. Eso creo que fue lo que más les molestó a las personas. Además las vacas son tan buenas. No comen carne y mueren tan mal. Da pena. Cuando empecé a pensar así, me fui a comer y me pedí un bife de chorizo y se me pasó. Me había convertido en un carnívoro conciente.
El misterio del último beso
Este es el relato en vinilo, de una de las canciones que no podemos olvidar de la Nueva Ola. Tres de los Doltons originales se reúnen, para contar la historia detrás de una triste canción de amor.
El tiempo pasa, el “Último beso” no. Y ‘Los Doltons’ tienen la culpa. La formación que grabó el tema fue con César Ychikawa en voz, Walter Bolarte en la guitarra, su primo Fernando en batería, Javier Román en el bajo y Roberto Andía en segunda guitarra. Sincerémonos, algunos no recuerdan ni su título pero les basta escuchar el coro, para que la letra retorne. Porque esta es la historia de un muchacho que perdió a su novia y ruega al señor que se lo lleve para reunirse con ella. El ¿por qué se fue?/¿por qué murió?/¿por qué el señor me la quitó? es un reclamo a Dios al no encontrar razones de peso para esa despedida tan abrupta. La chica muere en brazos del novio y se ha ido al cielo/para siempre uh oh y el chico debe ser bueno para estar, en el cielo, con su amor. Otro final de lágrimas para una canción de amor. Y no la podemos olvidar.
No ocurrió en el Perú sino en Estados Unidos, en una fría noche de vísperas de navidad en el oeste norteamericano de 1962. Jeanett Clark y J.L Hancock estaban en su automóvil rumbo a Georgia. La pista estaba congelada y la nieve quitaba visibilidad. Ambos tenían 16 años cuando en una maniobra inevitable chocaron frontalmente contra la pala de un tractor. Murieron al instante. A pocos metros del lugar un hombre manejaba su camioneta rumbo a casa, escuchó el choque y aceleró. Se acercó para ver en que podía ayudar. Apurado por sacar los cuerpos no se dio cuenta de la identidad de los muchachos: tenían los cuerpos destrozados. Se cree que recién en el hospital el padre se entera de la verdad. Había el Sr. Clark rescatado a su hija muerta sin saberlo.
Este hecho inspiró al compositor Wayne Cochran en 1963 para componer Last Kiss y luego grabarla. Pero tuvo problemas de distribución. Dos años después el grupo ‘Frank and The Cavaliers’, miembros del salón de la fama del rock, grabaron la canción llegando al segundo puesto en todo Estados Unidos durante algunos meses de 1965. Hace unos años la banda ‘Pearl Jam’ también hizo un cover de la canción. Pero sólo en el Perú la canción parece dedicada a esa chica y a su novio que siente el vaho de su último aliento en un beso, y ahí mismo le pide a Dios que le quite la vida para volver a besarla.
Más de cuarenta años atrás, el productor argentino Enrique Lynch, había conseguido la pieza, seguro de que su oído no podía estar errado “esto va ha ser un éxito muchachos”, les había dicho. Pero a ellos no les gustaba la canción: “era muy lenta”. En los estudios del desaparecido sello peruano Sono Radio en la Av. Panamá, la canción que los haría recorrer todo el Perú durante los veranos de tres años fue tocada varias veces hasta dominarla. En aquella antigua cabina de grabación todo se hacía en una sola toma. Tenía que lograrse la perfección en la sala de ensayos y no en la consola de grabación. Estaban por segunda vez ahí. Su primer disco no había obtenido grandes resultados. Esta canción tendría que resultar. Entonces ‘Los Doltons’ cambiaron un poco la letra, mejoraron el ritmo, pero mantuvieron ese dolor romántico. Porque las canciones no tienen nacionalidad, mientras se compartan las mismas tragedias. Jeannett Clark, no murió en vano. Se convirtió en la primera mártir desconocida de la Nueva Ola peruana. Generaciones corearan su recuerdo. Una canción tan simbólica como el pero regresa, para llenar el vacío que dejaste en mí, regresa siquiera para despedirte o el José Antonio, José Antonio, porqué me dejaste a mí, no se olvida. El “Último beso” se adhiere a la lamentación en ritmo de balada. Lo mismo de siempre, pero diferente. Y cada vez que la escuchemos nos sacudirá con la fuerza de una Nueva Ola que cambió el ADN de cientos de miles de jóvenes que la escucharon durante y después de 1968, y que para bien o para mal, es hereditario.
Esto es Hank
Hank
Miriam sostiene su micrófono como si ella fuera un arrecho novio susurrándole al oído de su amante: En tí / quiero continuar / En Tí. Vestida como un Dick Tracy gótico, ha inclinado su cuerpo, hasta rozar sus labios sobre la superficie áspera del micrófono. Actúa como si nadie la estuviera viendo. Como si todos fuéramos un gran espejo oscuro donde ella apenas se refleja. Miriam canta una balada, que según se lee en el libro del disco “Oscuro”, está dedicada a la chica que no se aguanto. “La chica que se convirtió en ese deseo, que tanto busco. La espera, nunca le alcanza. Era la chica que no se aguantaba”. Aferrada todavía a su posición de beso al final de una película, Miriam está a punto de terminar el coro para continuar con su propia interpretación de la canción. Somos alrededor de cien personas en el Molusco Bar y la banda que se llamó ‘Los muertos by The Killers”, “Miriam y sus pistoleros”, “Vicios” y, finalmente, “Hank” habían anunciado hace tres horas un concierto en contra de la publicidad excesiva.
Las personas que navegaban por su blog “Pollerías Hank” están aquí. Siguiendo una vieja costumbre de los primeros conciertos, la mayor parte del público ha venido de negro entero. Hank, nunca fue dark ni punk, pero la banda insiste en que el negro es el color de su música. Durante el fin de semana suelen erupcionar en conciertos de este tipo. De una espontaneidad controlada, haciendo que cada presentación parezca un hecho fortuito. Pero es otro ensayo de esa presentación perfecta, que podría ser la última o quizás no. Obligando al fan a dejar sus planes para poder escucharlos. Como si ese sábado o viernes o domingo se convirtiera en una Meca momentánea. Algo que todos deberían hacer alguna vez en la vida, pero que no es para todos. Tienes que dejarlo todo. Ir.
Esta noche no será igual. Porque hay algo en ésta banda nacida en los pétalos caídos del otoño de 06. La única que hizo diez fechas completas en el Estadio Nacional y que en la mitad de la onceava intentaron separarse para siempre… y no lo consiguieron. Los engreídos de Charly García que el 2007 decidió pasar los meses de invierno en un departamento encima de los Hank. Los llamados por la revista Rolling Stone a convertirse en los mesías del rock para este siglo: Crimen Guevara, primera guitarra e incitadora de palmas, Puff R, bajo y gritos; Pancho, batería y eructos acompañan a Miriam, la estridencia con curvas. Su voz ya ha dejado atrás los coros y este es el momento exacto en que una vieja canción de Hank va a mutar. “Caricia Fernanda” tiene solo dos estrofas, la primera dice: Tengo un secreto / cuidando / mis labios / pintados / de azul / concreto. La segunda estrofa dice: Quiero tener / adentro /esa semilla / que se / alimenta/ de cemento. Luego el coro se transforma en un mantra de un minuto: y florecer / quiero florecer / en tí (BIS). Miriam continua gritando salvajemente: En tí / quiero continuar / En tí. Lleva un gesto de Elvis dibujado en sus labios, como quién escupe algunas palabras que ya perdieron el sabor. La banda sigue con el ritmo hipnótico emparentado con la balada megahit de Poison, cada rosa tiene su espina. Cuando Myriam ha terminado el aire de sus pulmones su sombrero de copa sale volando, el saco cae en el suelo, la corbata ancha se desanuda. Ella cierra los ojos y golpea su muslo en busca de concentración. Incluso los autos de afuera y las parejas ruidosas respetan el momento:
Mientras mañana
yo habré terminado contigo
Mientras mañana
convertida en gases de deseo
estaré revolcándome
con todos los
Ángeles
Lakers
y al arcángel
Gabriel
también
amén
(aquí hay una pausa, menos de tres segundos antes de que se forme una sonrisa en sus labios)
querido diablo
no me esperes despierto
voy a llegar
con el advenimiento
pero esta noche
montada en el cielo, voy
los eclipses
me temeran
a mi
me temeran
a mi.
Crimen Guevara se lanza con un solo de guitarra que podría destruir todo el lugar si su amplificador no tuviera el porte de un ladrillo. Pero quienes destruiran los muebles rojos del Molusco Bar son los fans. Cuando lo recuerden se sentirán bendecidos. La única constante de Hank es improvisar todas las noches. Está noche nos pertenece. Seremos parte de su historia (quizás de este microconcierto salga un lado b. Miriam levanta el puño como un signo de victoria y la banda detrás de ella termina. Puff R, que es un poeta premiado cuando lleva el nombre de Diego Ramirez, saca un encendedor de plástico verde y lo prende. Miriam de espaldas, apenas hace un gesto y ya varios tienen la mano extendida con un cigarro. Metódicamente le saca el filtro a uno. Se voltea y sin decirse nada enciende su cigarrillo. Inmediatamente después Puff R. empieza con el punteo a lo misión imposible para introducir a las últimas canciones del set de esta noche. Más tarde, Miriam, bajará del pequeño escenario. Todos se abrirán paso. Les pedirá al público que la rodeen, que esta canción no la puede cantar sola. Grita que esta noche el público del Molusco Bar ha estado eufórico cuando debió estar eufórico, pide que todos estemos eufóricos otra vez, porque aquí viene, aquí está, “Tres de la mañana”.



![Reblog this post [with Zemanta]](http://img.zemanta.com/reblog_e.png?x-id=2b0dff4e-4701-4888-9dad-7ae740faec5e)