Posteado por: pierochepiu en: Septiembre 8, 2008
Ya se ha muerto mi abuelo, ayayay. Arriba en el escenario un pucalpino enplumado mueve maquinalmente el cuerpo con el selvático pasito atrás y adelante previo al fugaz quiebre de caderas. Responde al nombre de Wilindoro Cacique, ayayay. Y es una suerte de luz al final del túnel, para la nada tradicional, pero si nacional banda Bareto, ayayay. Con él arriba del escenario la banda era una orquesta cumbianbera en plenitud, vestían el mismo uniforme blanco y azul de una banda escolar, rebelándose contra la individualidad y celebrando la comunión de melodía. La diversidad con diversión entra y ese era el motivo para que cada uno de los mienbros de Bareto utilizaran un viejo recurso de la juerga: la sonrisa involuntaria. Es cierto lo que dicen, cuando tu te diviertes el resto se contagia.
Ayayay, triple expresión nacional de dolor. Ayayay, cachita a la criolla para celebrar una ocurrencia risible. Ayayay, a esas horas de la madrugada era también un signo de irrefrenable juerga. En algunos puntos rayaba en el pogo incansable, en el resto hubo el alzamiento de brazos en el aire y la ronquera de gargantas que pedían, todavía más, ayayay. El lanzamiento de Cumbia fue, como en la mayoría de conciertos de Bareto, una fiesta populosa y popular donde los viejos pasos de baile como los dedos apuntando hacia arriba y abajo, el magistral salto del chuncho y la peligrosa afilada de navajas imaginarias, fueron ejecutados con mayor o menor maestría por asistentes sin inquietudes de verse bien.
El disco rescata la raíces de la cumbia, como el imperecedero Muchacho Provinciano y Ayahuasca, dándoles un contexto no solo respetuoso sino fiestero. También siembra nuevas semillas como la impagable versión de Lambada, para que el oído del público cayera nuevamente en la trampa de una banda que son pura melodía y actitud. Para convencerse que Bareto se deja escuchar sin decir mucho.
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