Posteado por: pierochepiu en: Septiembre 15, 2008
Después de varias horas de espera bajo el sol, su imagen parece un espejismo. Pero es él. Se acabó la espera. Una motocicleta resplandece entre los carros que claman playa a rugidos de motor para acabar con todo este calor de fin de semana. A pesar de eso, muchos no quieren acelerar cuando están a su costado. Quieren verlo bien antes de proseguir por la panamericana sur. Después contarán que el fin de semana vieron a un loco en una motazo, alucina. El mismo que ahora, poco a poco, se va alejando de la pista e ingresa por la vía que lleva a un inusual grifo cerrado en verano. Ya se distingue su larga barba, entre plateada y negra, y esa manera de pilotear su motocicleta con los puños cerrados hacia delante, de la misma forma en que Superman atravesaría las nubes. Pero algo está mal. Mientras otros están listos para lanzarse al mar, él está cubierto de cuero negro bajo el sol de mediodía. Walter Huamán, dueño de un empresa de ferretería, no le teme al trabajo arduo: ni calor tiene, porque sabe que pilotear su motocicleta de 300 kilos a ochenta kilómetros por hora es un disfrute que refresca. Y el que le diga lo contrario es por que nunca ha realizado un viaje encima de una Harley Davidson como la suya.
–Dos carros se chocaron y no dejaban pasar a nadie– Explica Walter Huamán casi sin voz. No está cansando así habla siempre. Trae una chamarra de cuero negro con parches de Argentina, Estados Unidos, Chile y otros lugares más. Es probable que sea la persona que más atraiga el calor del sol ésta tarde.
Huamán se saca el casco de golpe y sonríe. Deja ver una pañoleta de colores y unos lentes de sol que lo hacen ver más veloz, por el sólo hecho de que ocultan la mirada de un hombre de 62 años, que se niega a colgar el traje de motociclista rebelde a sólo diez años de habérselo probado por primera vez.
–El año pasado he viajado desde Perú a Estados Unidos en está moto –anuncia como quién empieza un discurso– más de veinte mil kilómetros en un mes de viaje. Solo. Sin MP3. Yo y mi compañera, a veces cantando, a veces con miedo, a veces perdido.
Oscar Wilde decía que en todo viaje siempre llevaba su diario para tener algo extraordinario que leer. Walter Huamán cargó su cámara digital para demostrarle a todos lo extraordinario de su viaje. Pero ahora es su turno de ser fotografiado. Un hombre en sus casi cuarenta deja en el auto, a lo que parecen ser su novia y su madre. Viste con un polo crema, bermuda del mismo color y zapatillas rojas. Está extasiado, no para de sonreírle, pensando quizás que Huamán proviene de otro país, cuando en realidad él es ayacuchano. Saca su videograbadora digital y comienza a preguntarle “¿De dónde vienes hermano?” De Perú, contesta, entonces la sorpresa se multiplica y Huamán empieza a contar de a pocos su travesía.
Tres años atrás, en el 2004, un argentino tuvo la culpa de su travesía. En una reunión de fanáticos de Harley Davidson en Mendoza, Argentina, el tipo en cuestión le había propuesto ir, un día de estos, a Estados Unidos en motocicleta. El día de estos llegó en el momento más inesperado. El argentino junto con tres compañeros se aparecieron en su puerta y le dijeron, nos vamos. Y él no tenía ni la visa. Se fueron sin él y quizás por eso la idea siguió rondando en su cabeza. Entonces se lo propuso a sus amigos: los quince aceptaron. Pero como siempre sucede en estos casos el de la idea termino haciendo el viaje solo. Sin embargo, le tendrían que hacer un favor. Walter Huamán partía en la madrugada del 15 de mayo de 2006 sintiéndose pésimo, pero al menos en compañía de tres compañeros. Salía a las cinco de la mañana y de pronto se sentía desorientado, no quiso ni pensar en quedarse. Se cambio apenas y tratando de no hacer ruido salió en moto con sus compañeros. Encima de su Harley la dolencia disminuyó un poco. Pero no podía detenerse, si lo hacía no viajaría nunca más. Su familia no se lo permitiría. A la salida de Lima los tres supuestos compañeros regresaron, sólo habían ayudado a su amigo para engañar a la familia. Entonces empezó su viaje, así nomás. Y que viaje fue: al día siguiente estuvo internado en un hospital de Trujillo, le habían diagnosticado con laberintitis la peor enfermedad del viajero solitario: perdida del equilibrio y desorientación. Ni hablar, que le receten algo y de nuevo sobre el asfalto. Con las pastillas en el bolsillo y con menos equipaje, pues había enviado de regreso su carpa, su bolsa de dormir y provisiones, para viajar más liviano. Además que pasaría si, en el camino o en las aduanas, le robasen. Ni modo viajaría con lo mínimo.
Por el camino, Huamán sabría que el sol abrasador de Centroamérica era lo peor para su atuendo de cuero y que su impredecible lluvia no haría más dañar su motocicleta. Improvisó, como en todo su viaje. Compró un poncho de plástico y unas botas de hule. De nuevo al camino. Acelerando a 120 km por hora en recta o a 80 km en curva llego a Panamá y era hora de dejar Sudamérica para, de acuerdo a sus planes, comenzar el largo camino hacia Estados Unidos. En ese trayecto Huamán siempre recordaría la mirada de los corruptos oficiales fronterizos, que lo retenían a pesar de que el llevara los papeles requeridos, en todas partes siempre querrán ganarse alguito. Entonces llegaba esas pausas imprevistas, la impotencia de la quietud, en donde parecía que solo la suerte le ayudaría a continuar su viaje. En Guatemala, había parado a comer algo ligero. Arrastraba aún los estragos de un caribeño arroz con pollo tan distinto al nuestro. En el lugar muchos lo felicitaron, le levanto el ánimo para continuar, aún cuando otro tipo de viaje sucedía dentro suyo. Pero la depresión no duro mucho a la salida de la ciudad un policía local le regaló su parche oficial. Para todo corredor de Harley los parches en la casaca, son las cicatrices que dejan los viajes. La diferencia entre abandonar y llegar al destino.
Luego de la increíble experiencia de cruzar dos continentes, de atravesar todo el territorio de Chiapas en México, Huamán se vio en una encrucijada. Ir a los Ángeles y comenzar un viaje a través de Estados Unidos hasta Nueva York o ir de frente hacia Nueva York y volver. Se detuvo, no recuerda si lo reflexionó tendido encima de su Harley, pero en algún momento mientras cruzaba la frontera entre México y Estados unidos, pesó más la soledad. Había imaginado que en su viaje se encontraría con otro loco como él, en su Harley en su misma dirección, o en un periplo hasta la patagonia. Nadie. Entonces tomó una decisión y continuó el viaje.
Días más tarde la felicidad nunca le pareció tan fatigante, como cuando al fin llegó a Nueva York y pegó la vuelta, en avión nomás, que cansancio. Con toda la parte superior del cuerpo adolorida, deshaciendo los kilómetros en el aire, tuvo la certeza de que uno viaja, no tanto por el destino final sino por el recorrido. Lo que vivió Walter Huamán, nadie se lo podrá quitar. Pero ya es hora de que se suba a su motocicleta y emprenda el camino de regreso. Y que sienta el acostumbrado temblor del motor y la velocidad del viento tratando de colarse dentro del casco. Siempre en movimiento, como una de esas viejas rocas que se resisten a dejar de rodar.