Posteado por: pierochepiu en: Julio 10, 2009
Julio Villanueva Chang escribe paja. Otros suelen precisar la escala con la etiqueta de literatura. Incluso un afiebrado blogger no dudaría en afirmar que Elogios Criminales intenta dotar al periodismo, siempre tan temporal, de una inmortalidad novelesca. Es más, hasta podría decir que sus textos son una cápsula espacio temporal cuyos protagonistas -un grupo de no celebridades conocidos mundialmente- portarán un pedazo reconocible de presente para los lectores del futuro. Nuestro hipotético blogger, estudiante de comunicación con una novela como almohada, sueña con ser un recontra nuevo cronista de las Indias. Pertenece a un movimiento que a falta de otro nombre denominaremos villanuevachangsismo. Donde una noticia puede ser una gran historia. La re escritura reemplaza al fulbito como deporte del periodismo. Y el dato se transforma en conocimiento, por un acto de magia lingüística. En otras palabras Julio Villanueva Chang es el César Hildebrandt de los aspirantes a cronistas. Un prestigio obtenido en la calle y no por la televisiva renuncia. Uno de esos extraños tipos que salen de San Marcos como profesor y que renovó el espíritu del periodista al dejar de ser un simple reproductor de hechos y ponerse el siempre incómodo traje de cronista. Un oficio tan seductor como mal pagado. Inesperadamente, durante una relectura, nuestro blogger se topa con algo que no debería estar. No. En éste libro, no. Jamás.
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En la contra del libro se lee: “Villanueva Chang viene a ser para esta generación de cronistas de América Latina, algo así como el gurú editor”. Por ejemplo Marco Avilés, actual editor de la revista creada por Villanueva Chang, Etiqueta Negra, en su libro sobre la reclusas de Santa Mónica “Día de Visita” lo gradúa de sensei en sus agradecimientos. En cierta forma Elogios Criminales busca alejarse de lo obvio. Este libro no quiere ser un libro de texto para periodistas. Pero uno no deja de preguntarse ¿Qué pasa cuando el maestro decide probarles a los discípulos, que él todavía lo tiene? ¿Qué pasaría si el señor Miyagi sale a la pelea?
Publicado en España y en México, Elogios puede ser el libro que uno le regala al padre de la enamorada, y demostrar que a pesar de lo que le hacemos a su hija, somos gente culta. El que sacas a pasear a Starbucks para que te alucinen inteligente. Uno que entrará sí o sí en los textos de cualquier facultad de comunicación (por lo que si lo compras con el aguinaldo de papá, es más que nada una inversión). Tiene las recomendaciones que todos los escritores quisieran tener. Pero acercar la no ficción al lector de supermercado requiere de una estrategia menos intelectual. Se esperaba más del maestro de los nuevos cronistas. Uno ve su libro postrado en los anaqueles de los supermercados, todo oscuro y sin fotos. Como si quisiera pasar de incógnito. En dónde quedó la vieja teoría que apostaba por el tigre de bengala en el kiosco de periódicos. Se extraña la ausencia de una bajada que explique al curioso que en este libro no hay crímenes sino preguntas por resolver. Que tampoco es un libro de chismes sino de detalles. Y sí, son elogios criminales pero no hay ningún detective.
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A Julio Villanueva Chang lo han comparado con el estilo copioso de otro escritor que firma con doble apellido David Foster Wallace. El peruano escribió en su primer libro sobre un suicida viviendo en una nube gris, el otro terminó ahorcándose. El peruano tiene una enfermedad por la descripción precisa, al punto de describir el color de los zapatos del tenor Juan Diego Flores, con un color cognac en vez de un aburrido marrón o café. David Foster Wallace tenía un detallismo enfermizo que lo hacía fijarse hasta en la envoltura transpolímera que parecía papel pero que se rasgaba como plástico fino del Señor Blandito, un chocolate inventado que servía de título para uno de sus cuentos. Ambos fueron profesores en algún momento de sus vidas. Y en sus entrevistas no dejan de tener algo extrañamente simple y genial, como si la originalidad de sus improvisadas respuestas tuvieran la profundidad de un aforismo. Pero hay otro paralelo. Cuando Foster Wallace se sacudía de la depresión se disfrazaba de un periodista formidable, que podía convertir al tenista Roger Federer en una pieza de arte cinético. En el lado del peruano convierte la imposibilidad de silbar del tenor más famoso del mundo en una metáfora de lo que se ha convertido su vida. Tener la mirada entrenada para ver más allá de la nota de prensa y del dato. Esperamos que algún día sea Villanueva Chang quién cuelgue el traje de cronista y se siente a escribir una historia, que no podamos dejar de leerla.
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El blogger estaba leyendo el libro negro del periodismo un domingo por la mañana en su cama. Sus ojos recorren las páginas de la historia de Ferrán Adriá, un extraterrestre en la cocina. Página 146, hacia el final del primer párrafo. En el libro que le gustaría escribir hay un error. “¿No sería espada un guardaespaldas encubierto del chef más inventivo del universo?” Chang se refiere a Arcadi Espada un periodista catalán conocido por sentirse orgulloso de ser del Real Madrid, que líneas antes declara que la comida de Adriá no se caga, sino se transpira. El blogger respira aliviado. Incluso el gúru, el maestro, el guía, el director, ha cometido un error. No se trata de piconería. Es otra forma de esperanza. Escribir paja es la mejor forma de que nadie quiera percatarse de un error.