Placardia

La última sonrisa de la cumbia

Posteado por: pierochepiu en: Septiembre 8, 2008

Ya se ha muerto mi abuelo, ayayay. Arriba en el escenario un pucalpino enplumado mueve maquinalmente el cuerpo con el selvático pasito atrás y adelante previo al fugaz quiebre de caderas. Responde al nombre de Wilindoro Cacique, ayayay. Y es una suerte de luz al final del túnel, para la nada tradicional, pero si nacional banda Bareto, ayayay. Con él arriba del escenario la banda era una orquesta cumbianbera en plenitud, vestían el mismo uniforme blanco y azul de una banda escolar, rebelándose contra la individualidad y celebrando la comunión de melodía. La diversidad con diversión entra y ese era el motivo para que cada uno de los mienbros de Bareto utilizaran un viejo recurso de la juerga: la sonrisa involuntaria. Es cierto lo que dicen, cuando tu te diviertes el resto se contagia.

Ayayay, triple expresión nacional de dolor. Ayayay, cachita a la criolla para celebrar una ocurrencia risible. Ayayay, a esas horas de la madrugada era también un signo de irrefrenable juerga. En algunos puntos rayaba en el pogo incansable, en el resto hubo el alzamiento de brazos en el aire y  la ronquera de gargantas que pedían, todavía más, ayayay. El lanzamiento de Cumbia fue, como en la mayoría de conciertos de Bareto, una fiesta populosa y popular donde los viejos pasos de baile como los dedos apuntando hacia arriba y abajo, el magistral salto del chuncho y la peligrosa afilada de navajas imaginarias, fueron ejecutados con mayor o menor maestría por asistentes sin inquietudes de verse bien.

El disco rescata la raíces de la cumbia, como el imperecedero Muchacho Provinciano y Ayahuasca, dándoles un contexto no solo respetuoso sino fiestero. También siembra nuevas semillas como la impagable versión de Lambada, para que el oído del público cayera nuevamente en la trampa de una banda que son pura melodía y actitud. Para convencerse que Bareto se deja escuchar sin decir mucho.

Etiquetas: ,

Ser vivo

Posteado por: pierochepiu en: Agosto 29, 2008

Dos veces chocherita dos.

La primera vez tenía doce años y un montón de piedras a mi alrededor. Era diciembre y la guerra en el terral abandonado era inminente. El desafío había sido propuesto mitad en broma mitad en serio. La parte seria éramos nosotros, debíamos defender el fuerte y no ceder ante el resto de barrio. Yo cogí la primera piedra y dispuse la regla, ninguna debía ser más grande que una uña. El que lance un rocon del porte de un dedo sería acribillado y posteriormente fusilado a patadas en el culo. Se trataba de que haya un perdedor y un ganador, no de muertos y heridos. Así nos evitábamos un castigo severo y cumplíamos con regresar antes de la cena. El primero que gritará de dolor tendría que irse a su casa y no volver a pisar un pie en la fortaleza salvo invitación. Mientra nadie miraba me coloque debajo de la casaca una gruesa chompa de lana. Era invencible, fui el más vivo. Igual terminé con varios puntos en la ceja. El tamaño no era lo importante, sí la puntería.

La segunda vez fue sábado, llovía una garúa que se extienda como un terciopelo sucio y gris. Tenía 20 años y en mi bolsillo la impresionable cantidad de cincuenta soles. Era millonario. Salí, bebí, me perdí, encontré el camino de regreso solo que ya no disponía de un sol. El taxi me miraba desde el rabillo, me acordé de el talk show que hablaba delas historias de taxistas. Ahí cada tipo tenía unas cuántas historias de fuga. La tipa que se perdió entre los departamentos, el tipo que nunca volvió, la tipa que dijo subiéndose el top: ya cobrate. Y en esas andaba yo a las tres de la mañana, más borracho que cansado le dije que esperará, le dejaba mi billetera vacía de seguro y subí de tres en tres o debería decir salté. Buscando entre ropas viejas no encontre nada, ingrese a tientas a un cuarto y vi a alguien que no reconocía tendido en la cama. A su costado una billetera con cincuenta soles. Bajé volando entregué el billete, el taxi respiro aliviado me entrego el vuelto en un sencillo impresionante. Cuando el taxi doblaba en la esquina para terminar de perderse yo había decidido probar suerte en un casino. Regrese muy temprano en la mañana con veinte dólares en el bolsillo. Al día siguiente cuando regrese el tipo se había ido volando, me contó mi hermano, tenía que llegar al aeropuerto y tuvo que prestarle plata. Todos ganamos algo, a mi hermano le sobraba la plata.

Archivos